
En este deambular caótico que sigo tras el rastro de la sabiduría hoy me acerqué al año 399 y pude escuchar de labios de un condenado a muerte, unas horas antes de beber la cicuta, estas palabras que me sobrecogieron por el momento en el que fueron pronunciadas: no se te olvide pagar el gallo que debemos. ¿Cómo es posible que un reo repare en ese trance de recordarle a un discípulo que haga frente al pago de una deuda menor? Se trata de Sócrates.
Todo un personaje, por las caras que observo y la calidad de alguna ausencia en esa despedida improvisada al maestro. ¿Qué cual fue el delito de Sócrates? Corromper a los jóvenes y la falta de creencia en los dioses antiguos. Eso decía la sentencia injusta que le impusieron y que él aceptó para ser consecuente con su vida y su sentido de la justicia y de la democracia.
Sócrates fue el azote de los sofistas a quienes ridiculizó al ponerlos ante sus contradicciones y su falta de ética. Combatió las corruptelas del poder y que no pusiera en el centro la justicia y el bienestar de los ciudadanos de la polis. Era un personaje incómodo y no es difícil pensar que los poderosos buscaron el expediente para desembarazarse de Sócrates.
Un hombre justo moría no por la gloria ni por la fama ni el honor, sino por sus principios.